Humedece los labios
y no esperes la señal que enviarán los ángeles.
Recorre el muslo áspero
hasta transportar
la tibieza de tus uñas.
Mantén el pelo acurrucado en la cortina
mientras flexionas el alma
en un grito final
que sólo oirán
los que tu quieras
jueves, junio 01, 2006
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